"La Revolucion de los Pinguinos"
La movilización de estudiantes secundarios en Chile en las últimas semanas, conocida como la “revolución de los pingüinos”, instala la idea de un cambio cultural y político profundo y denso en la sociedad chilena.
Se trata de cambios que ya se manifestaron hace algunos meses en el quiebre de un ciclo en el campo de la representación político institucional, a partir del término del gobierno del Presidente Lagos y del inicio de una etapa liderada por una mujer presidenta.
Estos nuevos vientos van enlazando y anidando una transformación que parece constituirse en diálogos y formas de vínculo entre los ciudadanos muy distintas a las que estábamos acostumbrados. Una práctica social que pugna por salir, por romper ataduras y amarres, por irrumpir y por instalarse. Lo hace sin delicadeza y sin pedir permiso a nadie. Son señales de actitudes nuevas ante lo público, de formas antiguas y emergentes de hacer la política que se conjugan y que llegan para acompañarnos por algún tiempo.
El exitismo autocomplaciente, por un lado, había enceguecido a nuestras elites, quienes no quisieron ver las inequidades o no les dieron importancia. Por otro lado, el temor a la gente, a los movimientos, a la representación política plural, a la expresión de las minorías; el temor a la critica, a las argumentaciones que confrontan, ha dominado nuestras escena política en la década del 90’ y también en estos últimos años.
Exitismo autocomplaciente y temor han sido las caras de una misma moneda, ideas que tratan de dar un paso adelante para escapar de la pesadilla de 1973. Lo que no sabíamos es que con ello también nos estábamos escapando de una sustantiva parte de la realidad.
Si “todo lo sólido se desvanece en el aire”, no es para que nada quede, es un nuevo orden que nos visita. Ahora la historia viene a buscarnos con su implacable lucidez, para que solos nos contemplemos y veamos nuestra verdadera cara en su espejo, a mostrarnos su otro plano que no sólo son los malls, las autopistas y los supermercados, y es más bien cómo se va modelando poco a poco, paso a paso, un aprendizaje de luchas pequeñas y de sobrevivencia. Un aprendizaje de prácticas y acciones que reconocen una experiencia de fracasos y de frustraciones, para finalmente cuajar y ponerse en el medio de nosotros como una verdad que no queríamos ver.
Pueda ser que - más que la historia -, sea el simple paso del tiempo el que viene a cobrar su cuenta, y por ello son los jóvenes los primeros en correr a dialogar con estas mutaciones, para jugar un papel fundamental y protagónico en el nuevo tiempo.
Se devela entonces la fragilidad, la urgencia y el escándalo de uno de los efectos más perversos del “modelo”, la desigualdad.
Este núcleo escondido lo develan con claridad y crudeza algunos de los más impropios y olvidados de los actores de la modernización: niños y adolescentes de colegios municipalizados o subvencionados, el llamado Movimiento de los Pingüinos. Se trata de jóvenes organizados, con una composición pluriclasista, y que quieren tomar su vida y su futuro bajo su propio control.
El malestar que expresan no es aparentemente todo lo ideológico que quisieran algunos. No parece que el “sistema” sea su objetivo a destruir, como en cambio lo fue para el movimiento de los años 60s. Hoy parece que se lucha en contra de una dimensión específica del “modelo”, el carácter segmentado de la estructura educacional chilena. Este malestar pareciera ser más bien profundamente reformista y apunta a soluciones que son posibles (“si el país tiene más recursos y buenos índices macroeconómicos, ¿por qué no nos llega?”). Se sabe desde hace años, los jóvenes y la gente quiere vivir mejor, con una educación que sí ya es para todos (o para casi todos), pero no es de calidad, por lo tanto se cualifica la necesidad y la demanda.
Bachelet y el Chile que la llevó al poder pueden ser la expresión de otras modernizaciones más importante y profundas. No exclusivamente del Chile paritario, de la mutación cultural y el estilo europeo que las elites pensaban. Pero sí quizás del Chile que se sincera en su propia realidad y en sus propias miserias.


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